Mentiras

Mentiras que te conté mientras dormías:
que soy el mejor de los hombres, mejor incluso que Gandhi y que Guardiola,
y con más pelo que los dos juntos;
que soy el más rápido en llegar y a la vez el más lento en irme,
que mi lengua tiene de serie piloto automático
y con ella puedo conjugar cuando quiera el presente de tu punto G
con las valencias de la bomba H, hasta formarte una X en el mapa del tesoro;

que guardo más horas de sol que un verano finlandés,
más vidas que un gato en una tragaperras,
más ganas de ti que las que tiene toda Nueva York de ser
un centímetro cuadrado de tu salón;

que tengo los ojos color hierbabuena, o marihuana según el momento,
y por eso puedo cuidar de tus plantas como un jardinero fiel,
que me encanta el té porque es como cogerte de la mano
y que nunca dejo nada en el plato;

mentiras: que bajo la barba escondía un país entero
lleno de panaderías y tiendas de ropa, que soy capaz de estar en pie
tanto que veré caer el edificio más alto de la ciudad, por viejo,
que tengo el corazón tan grande como dos camiones de bomberos, pero
que me olvidé la sirena en el espacio que habita entre los siete y los nueve años.

Me declaro culpable en poema público. Mentí.
Ya te habrás dado cuenta de que me estoy quedando calvo, y ni siquiera
pido la paz antes que la palabra. Sabrás que de vez en cuando llego el último
y me voy el primero, sin ti,
que se me traba la lengua y necesito que me señales con el dedo por dónde leer,
que se me nubla la vista en ojo gris si se te caen las lágrimas,
que se me han muerto ya el tomillo y el tomate y del té me quedan los posos,
y que tengo ayuno completo los días de diario.

Que mi corazón es del tamaño de un incendio un día de lluvia.

Mentí, y sin embargo, al despertar nos besamos al estilo cowboy.

Siempre me gustó pensar que se agarra antes a un mentiroso que un cojo.

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